jueves, 26 de marzo de 2015

CAMINARÁS ANTE NOSOTROS

¡¿Dónde estoy?!  ¿Qué está pasando?  ¿Qué hago en la sala?  Claramente me había
levantado, aun dormido, caminé sin notarlo.  Reaccioné con una extraña sensación de
estar hablando con alguien.  Me preguntaba que sucedía, no lo comprendía.  Volví a mi
cuarto, miré el reloj… son las 3am.  Me acuesto en mi cama.  Hubo un silencio
misterioso, el ambiente traía consigo un estado oscuro.  Mi hermano grita desde su
cuarto, es desgarrador, como si su alma fuera arrancada.  Grita inconsolable, pienso en
ir y mirarlo.  Me arrepiento.  Los gritos paran después de un rato.  Miro el reloj… son
las 4 am.  Vuelvo a dormir, un despertar tétrico me recibió.

Es domingo, la noche pasada no fue un viaje acogedor.  Algo pasaría, lo podía sentir en
el aire.  El día es pesado y abrumador.  El cielo se postra negro.  No lo había hecho
desde hace varias semanas.  Llega la noche, y un intento más de dormir en paz.

Abro mis ojos… la sala.  Había vuelto a este lugar sin notarlo.  Alguien se encontraba
conmigo, había hablado con este ser.  Podía olerlo, pero mis ojos me engañaban.  ¡¿Qué
está sucediendo?! – pensaba mientras volvía en mí.  Caminé a mi cuarto, miré el reloj…
las 3am.  Me acosté intentando conciliarme en mi miedo.  El silencio se apodero del
lugar… ¡AHHHHHHHHHH! Los gritos de mi hermano.  Intente ignorarlos.  El tiempo
se encargó de silenciar el lugar.  Mire el reloj… las 4am.  Cerré mis ojos, dormí.

La luz del día penetrando la ventana incomodó mis ojos… sonó el teléfono.  Una voz
temblorosa y llorona se escuchó…

– Hijo mío.

– Madre, ¿Qué sucede?

La voz temblorosa y llorona de mi madre se apodero de ella en un inconsolable
anunciamiento.

– Es tu abuela.  Ha muerto.

Colgué el teléfono.

Viniste por nosotros abuela… y te quedaras con nosotros.

Autor: Fredy Hernan Ordonez Perez 

Colores de adentro

Relucían más que siempre las ovejas, su lana de brillantes colores, amarillos, fucsias, rojos pasión y verdes fofos, un arcoíris encandilante. Resaltaba en el día, era espectáculo en la noche, el campo lleno de manchas fluorescentes. ¿Por qué?

Nacha era una pastorcita de piel blanca, sin coloración alguna, pálida como la niebla. Nacha tenía ovejas de todos los colores, ninguna blanca.

Estas ovejas tenían algo peculiar, su coloración cambiaba según el estado de ánimo de Nacha, cuando ella estaba alegre, sus colores eran claros y brillantes, y cuando estaba triste, sus colores se tornaban oscuros y mates.

Nacha cantaba a toda hora, sonreía alegremente cuando iba por el campo, y eso hacía que sus ovejas estuvieran siempre con su lana reluciente.

Un día, ya no estaba pálida, estaba colorada, su estómago estaba revuelto y su piel erizada, sentía cosas extrañas que nunca antes había sentido. ¿Por qué? ¿Era la mirada del chico que pasaba por su casa y se quedaba mirando hacia la ventana como queriendo arrojar los ojos hasta lo profundo de su casa, o era quizás una de esas nuevas enfermedades que traen las viejas especies como sus ovejas? Pues las de ella, estaban hace tiempo atrás comportándose de un modo extraño, tomando colores distintos, unas veces claros, otras oscuros, unas veces brillantes, otras mates.


Un día, en medio del campo y el pastoreo, Nacha y el chico se conocieron, por casualidad o por intención, ninguno lo supo. El caso es que entre las pláticas, el chico le narró un cuento en el cual dos jóvenes se enamoraron con miradas y juegos, le explicó lo que sintieron, entonces Nacha notó similitud con lo suyo, y lo entendió, estaba sana, y después del primer beso, relucían más que siempre las ovejas. ¿Por qué? Nacha estaba enamorada. 

Autor: Jesús María Carrasquilla Gutiérrez

Un viaje bonito

La piedra brillaba escarlata a sus pies sobre el suelo arenoso del camino. Julio la
miraba aburrido, recién salía de su casa, acalorado y de mal humor. Hacer el viaje
hasta la casa de su madre le hartaba en exceso, pero estaba enferma y lo había
llamado tanto que no le quedaba más remedio que ir hasta allá. Se disponía a dar
el primer paso cuando un crujido de ramas y hojas y pisadas lo sobresaltó. ¿Quién
iba a andar en semejantes parajes selváticos, tan alejados de todo, donde se
había exiliado él mismo años atrás para pintar? Lejos de todas probabilidades, del
clima y del exilio, estaba frente a él Martina. Tenía el cabello trenzado y pegajoso,
una mochila gruesa colgada y una mueca de entre sonrisa y cansancio que la
hacía ver graciosa.

Luego de los saludos y de un primer silencio, la extrovertida chica da rienda suelta
a su memoria y relata a Julio cuentos maravillosos de sus viajes. Y mientras habla,
libre, enérgica, caminan juntos. Viajando se adentran entre las cuevas escondidas
de la selva donde habitan animales desconocidos, pasan por las calles de un
pueblo lejano donde las personas se bañan en aguas cristalinas que caen en
cascada antes de formar piscinas naturales y toman trenes de vagones oxidados
que huelen a tierra y lluvia, pero en los que se está muy cómodo viendo el paisaje.
Y Julio absorto sonríe levemente y Martina lo mira confiada, porque piensa que
ahora el artista ve el arte y que esto de viajar lo era si él quería.

El sol llegó al horizonte y Martina se acomodó la mochila, cansada de tanto viajar.
Se miraron y despidieron como viejos amigos. A Julio le dolían los pies y la piedra
escarlata seguía en el mismo lugar.

Autor:Sara Carolina Bustamante Restrepo

JUEGO DE LUCES

Cuando el silencio se apoderó de toda la habitación, Diego se despertó de repente mirando hacia el techo y observando unas luces de colores que hacían formas y figuras, se preguntó de donde provenían estas singulares luces estando su casa tan retirada del pueblo; La curiosidad lo hizo levantarse y salir al patio de su casa, no le tomó mucho tiempo  darse cuenta que había colgado un adorno afuera de la ventana que daba luz a su habitación, un adorno que había hecho su hija con fragmentos  de botellas de colores, no recordaba que eso hubiera estado allí alguna vez , lo tomó y viendo el reflejo de los colores la recordó, una niña de color verde de nacimiento, todos en el pueblo decían que estaba enferma y que no viviría mucho tiempo  por su condición tan particular, pero él sabía que no era así, que ella era especial y diferente al resto de la humanidad, y lo pudo comprobar cuando al pasar algunos años, ella  ya muy enferma se sentó con él y le dijo: “anoche tuve un sueño, volaba alrededor del mundo con tres niños más de diferente color, hacíamos parte de un hermoso arcoíris, cuando bajamos a la tierra alguien nos estaba esperando, nos dijo que no tuviéramos miedo, que nos íbamos a separar y que haríamos parte del mundo porque éste necesitaba más luz y color”, y recordando esas palabras, Diego, siendo ya un anciano, regresó a su cama y viendo el  reflejo de los colores en su techo se convirtió en una luz más, haciendo parte de esas hermosas figuras y siluetas formadas por los colores del arcoíris, viendo a su hija sonreír la abrazó, y la luz iluminando toda la habitación desapareció lentamente dejando todo en silencio. 

Autor: Omar Bravo
 

LA CICATRIZ

La noche anterior Marcelita le había dicho que lo quería y se lo demostró con un
fugaz acto de amor; era ella la que más disfrutaba ver como en una cara tan
angelical y en un cuerpo que todavía parecía de niño, se ocultaba un habilidoso
con el cuchillo, un matón de fama.

Ricardo sabía lo que significaba Marcela, en el barrio los hombres soñaban con
ella; y era por eso que diario se arreglaba hasta los excesos antes de pisar la
calle. Pasaba horas enteras engominándose el pelo, escogiendo y combinando la
ropa, lustrando los zapatos y echándose una colonia de olor extravagante que su
madre detestaba; ¡mamá, hasta el cuchillo debe oler bien! Marcela, cuando nadie
los veía, lo agarraba a besos en los cachetes, en los labios y hasta en las cejas;
siempre supo que su cara radiante lo convertía en el mozo guapo con el que ella
soñó.

Caminaba por el barrio con aires de serlo todo y saberlo todo, el miedo parecía
pasar a su lado sin rosarlo, con la cabeza en alto decía que en ningún apuro se
achicaba; lo conocían sin conocerlo, lo miraban sin mirarlo y le huían con tan solo
sentirlo.

Creo que ando en la vida tomándome todo muy a la ligera, decía en charla. Lo
sorprendió precisamente esa ligereza entretenido mirando jugar cartas; el puñal le
dividió en dos un pómulo sin él alcanzar a alzar la vista; no sólo le habían herido
en su cara, le partieron en dos su ego.

Marcela abrió la puerta, dejó caer sus brazos sorprendida y antes de que él
alcanzara a abrir la boca dijo sin dolor: ‘Yo contigo no quiero nada, si así tienes
zanjada la cara, cómo será tu alma’.
Y a Ricardo… la cicatriz como un recuerdo le quedó.

Autor: Jose Alejandro Lozano Arias 

MIRADAS CANSADAS. (Cuento poético)

Ah, no sé si levantarme, si arrastrar de nuevo la vaciedad de mi alma. Ya soy vieja, muy
vieja, y la muerte, la obscura muerte, cuelga en el barro de su cuerpo mis lágrimas de
piedra. <<Oh, mi bella remera >>, me dice el demonio, <<oh, mi vieja puta, siempre tan
enferma, siempre tan decadente, jjajaja, levántate pues, que alguien llama a tu puerta, es
un joven, un vagabundo renegrido en esta noche por las soledades del silencio>>.

<<Oh, mi señor, dios de las urbes y los antros encumbrados en las flores podridas que
cantan desde el infierno. Dile al que toca que descienda sin riesgo, hasta el lecho donde
bailan mis desgraciadas pasiones>>.

La puerta se abre, y aquel muchacho atestado de caricias y besos desdeñados, yace
desnudo ante el poder de mi lujuria.

<<Ven, ven, ah segrega sobre mi vientre tu mísero esperma, agarra con fuerza mis piernas
fracturadas, si, si joven gallardo y ansioso, bestia venerada por cielos y tornados, rayo
amamantado por las musas del demonio, desgarra con tu odio mis viejas entrañas.                                                                                                                                              

Aquí estoy aaj  ff  ¡Observa excitado mis podridas carnes colgando sin aliento de mi
pútrido esqueleto! Fff observa con asombró, estos pechos rugosos y cansados que
sirvieron de consuelo a millones de borrachos, que como tú, lloraron en este lecho,
disfruta con deleite mis huesos destemplados, mis muslos viciados y mi sexo inoculado.                       Jjj, fff hunde tus blanqueados colmillos en mis llagas enmudecidas, arrastra tu lengua por
todo mi cuerpo, profana mis arrugas y mis ascos escondidos, aduéñate de mí como si
fuera en lugar de ramera, un vulgar cigarro como los que tengo en mi boca, y luego, luego
mi joven cliente, escupe mi rostro y márchate saciado como el vil gusano que siempre has
sido y que todos somos, porque sin duda venimos del mismo adefesio>>.                        
¡Bang!; ¡pam, pam!  <<Ah>>. Alguien recorre mis heridas, no es un hombre, no, tan solo es
la nada que abraza mi cuerpo, ya exiliado de las planicies del mundo. << Muere puta, es tu
ceniza lo que quieren mis labios, es sorber la muerte que arrastras en la mirada, es ceñir
contra mi pecho el funerario aullido que chilla y se revuelca bajo el polvo de tus venas>>.

Autor: Edison David Ramirez Serna

La Pintura de los Ojos

El arte ahora anda de un lado a otro, va caminando con paso ligero y seguro, entra y sale de iluminados lugares, con aromáticos olores y buena porcelana; ahora se ha detenido ha visto pasar a Luis su nuevo amigo de aquel mundo social efímero, con quien últimamente ha hablado y que tan solo ayer ha terminado con el quehacer del amor; pasa vestido de pantalón blanco y chaqueta negra, su mirada va dirigida constantemente hacia el suelo, piensa, camina; mientras la lámpara del camino que comunica facultad con facultad hace que la luz caiga sobre su espalda cuello y cadera proyectando el suave transitar de un alma herida, de un sentimiento perdido, del abatimiento que deja un amor fugado, pasa y se desvanece ante el pasillo, ante la luz y la oscuridad. Ahora es el arte quien recuerda aquellos instantes de agonía cuando inesperadamente le vio, le vio con su particular buso gris y su cabello achatado por la gorra que en días fríos llevaba puesta, en ese instante le amaba y le detestaba y recordó cuando en el auditorio él tomó su mano y se miraron a los ojos, a la pintura vívida y aún fresca del interior; así lo recuerda el arte acostado bajo frondosos bambúes que resuenan con el pasar del viento y aceptando sus sentimientos se da cuenta que le amaba, pero que debía ser ahora de lejos, pues la decisión de alejarse y abnegarse en sí mismo era la de él y el arte aceptaba amarle como se le mostraba, desde la lejanía, la oscuridad, desde los recuerdos . Quiso amarle y lo hizo, es así como ahora ama a la nada, donde él aún no dice palabra alguna, aún calla, aún mira desde la esquina desde esa esquina sombría.

Autor: Juan Carlos Ordóñez Reyes